Fondo negro, letras blancas. Aplauso cerrado, silbidos de jolgorio. Emociones a flor de piel. Pensamientos en ebullición. Sentimientos sin reposar. Las butacas golpean a la par que los pasos se entremezclan con las primeras impresiones habladas. Pero eso sí, como regla general una sonrisa. Músculos faciales a pleno rendimiento gracias a la voluntad de un guionista que persigue su satisfacción personal entremezclada con la sempiterna fama por alcanzar. Todo con una música envolvente mientras una concatenación de nombres aparecen en una pantalla que pasó de ser admirada a ninguneada en apenas segundos.
Pero paremos por un segundo. Porque el final pudo gustarte o no. Pudo emocionarte o no. Pudo enfadarte o no. Pudo... ¿fue triste? Casi seguro que no. Y aquí es donde me gustaría incidir. Basadas en hechos reales, fantásticas, comedias sin quererlo o comedias dramáticas, no por su pretexto sino por su falta de comedia. Comedia sin comedia. Todo entra. Porque la gran mayoría de las producciones cinematográficas tratan de derramar un poso de optimismo y felicidad. ¿Es bueno o es malo? Es, simplemente es. Porque cada uno es como es y para gustos colores. En RGB o CMYK. La pregunta más bien se cierne en una reflexión afamada de un luso enfrentado con un catalán en Madrid. ¿Película de Almodóvar? ¿Chiste malo? No. Una cuestión: ¿Por qué?
¿Por qué tienen que acabar bien? ¿Por qué ellos sí y nosotros casi siempre no? ¿Por qué el guapo con la guapa? ¿Por qué la fea no es fea? ¿Por qué siempre ganan los buenos? ¿Son buenos los buenos? ¿Por qué son buenos? ¿Por qué son guapos? ¿Por qué tanto por qué? Porque sí. Porque la vida real, por muy basada que esté en, no suele ser tan fácil. Y porque los finales no son con aplausos ni sonrisas, sino con sollozos. Porque los finales no tienen banda sonora, sino un silencio sepulcral. Porque cuando algo termina no tiene segundas partes. Se acabó, y aquí sí como en las películas, si hay segundas partes no son buenas. Porque el recuerdo de la primera está ahí y las comparaciones son odiosas.


